1.1.09

Prosa de Edna Pozzi


EL DISCÍPULO

No fue el más amado entre los amados, ni el que retuvo la gloria del maestro y la levantó en bronces absolutos.
Los otros repartían las migas del pan y comían de los alimentos sagrados, sin permitir que una brizna de harina cayera entre las aves rapaces.
Él sólo miraba esa mirada y recibía como una lanza el frescor incomprensible, la revelación que lo tocaba y lo hería.
No fue el más pródigo ni el más sabio y a veces miraba el agua de las acequias y no sabía qué hacer con el racimo de uvas recién cortado.
Los otros levantaban la tienda en el desierto y cada mañana colgaban de los árboles las guirnaldas azuladas, las flores recién abiertas y el maestro miraba esos dones de la creación y sonreía.
No fue el más amado entre los amados y a veces olvidaban su nombre o lo perdían en un recodo del camino. Pasaban las tardes agrisadas y las noches y ninguno preguntaba por su sombra, crecían las terribles faenas y la oscuridad era un muro sólido que había que vencer con dientes feroces.
Los otros se aferraban a las vestiduras del maestro, la palabra guardada en cajitas de sándalo perfumaba el viaje y a veces el dolor crujía entre ellos con su chirrido de maderas carcomidas.
Volvía entonces como un sólido roble, la frescura llegaba con él y la alegría y había sones de flautas y tambores y se hablaba del mar y del color azul.
No fue el más amado entre los amados. Pero guardaba la forma del maestro y el aire que lo rodeaba y a veces extendía los brazos y parecía abarcarlo, como si encerrara el imposible límite de una rosa.
Un día llegó en que el maestro sintió como un graznar de pájaros en su cabeza y en las manos un hilo finísimo de sangre. Miró hacia el sur entonces y llamó: ¡Pedro!
Extendió su manta en los guijarros del camino y señaló la piedra alzada y mucho más allá el ocre purísimo del cielo.
El discípulo acostó su cuerpo severo sobre la tierra y puso a su lado una vasija de agua.
Después estuvo llorando, pero ya el maestro había muerto.

© Edna Pozzi

9 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Bienquerida Edna: Sólo a los/las grandes les es dado las catas del jarro en medio del desierto, mientras conocen el significado del vuelo y los graznidos alrededor de la cabeza. Tuyos son el carisma y la poesía. En la cueva de Maria Magdala, Edna, habrías sido discípula predilecta. Y tu texto se leería como una carta de catecumenado en los días mayores del Reino, pero esa ya es otra historia ¿verdad?
Pere Bessó

1.1.09  
Blogger María Rosa León said...

Magnífica tu recreación de una historia de amor que transformó la otra historia.
Con mi afecto y mi admiración
María Rosa León

1.1.09  
Blogger Aristóteles said...

Bello.

Realmente la vida es bella.

2.1.09  
Anonymous Anónimo said...

Bellísima recreación del más perfecto mensaje de amor que haya dado la humanidad. Gracias
Alicia Perrig

4.1.09  
Anonymous Anónimo said...

Te queremos mucho, Edna. Rubén Vedovaldi

5.1.09  
Blogger Ricardo Juan Benítez said...

Querida Edna, tan brillante en la poesía como en la prosa, aunque es innegable que la poesía se cuela sin pedir permiso. Bravísimo.

5.1.09  
Anonymous Anónimo said...

Edna: Qué hermosa prosa. Leerla estimula la razòn.
Víctor H. Tissera

5.1.09  
Anonymous Anónimo said...

A Edna Pozzi: Texto de gran delicadeza poética y sugerencia. La fuerza de lo frágil. Saludos Irene Marks

28.1.09  
Blogger LIDIA CARRIZO said...

mucho me ha gustado tu trabajo
hermoso! muy bueno
Lidia Carrizo

28.1.09  

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